¿Por qué tu cerebro encuentra antes lo malo que lo bueno?
Hay algo que hacemos constantemente sin darnos cuenta: nuestro cerebro busca aquello que puede salir mal.
Detecta antes la amenaza que la oportunidad.
Se fija antes en el problema que en lo que funciona.
Recuerda con más intensidad lo doloroso que lo agradable.
Y no es porque haya algo defectuoso en ti.
Tiene un nombre: sesgo de negatividad.
Es un mecanismo profundamente relacionado con nuestra supervivencia. Durante miles de años, prestar atención a lo peligroso podía marcar la diferencia entre vivir y morir. Era mucho más importante detectar a tiempo un depredador entre los árboles que disfrutar del paisaje.
El problema es que nuestro cerebro sigue utilizando, en buena medida, ese mismo sistema de alarma en un mundo completamente diferente.
Estamos viviendo en otro tiempo
Ya no necesitamos estar permanentemente atentos a si algo nos va a atacar.
Sin embargo, nuestro sistema nervioso puede seguir funcionando como si tuviera que encontrar constantemente aquello que amenaza nuestra seguridad.
Una crítica pesa más que diez palabras amables.
Un problema puede ocupar toda nuestra atención aunque el resto del día haya ido bien.
Una experiencia dolorosa puede quedarse dando vueltas durante horas, días o años, mientras que algo hermoso ocurre y apenas le prestamos unos segundos de atención.
Es como si fuéramos velcro para lo negativo y teflón para lo positivo.
Y si no hacemos nada diferente, nuestro cerebro tenderá a reforzar aquello a lo que prestamos más atención.
Por eso, muchas veces, no basta con que ocurran cosas buenas.
Tenemos que aprender a registrarlas.
El cerebro no solo necesita vivir lo bueno: necesita integrarlo
Aquí aparece una práctica sencilla, pero muy poderosa.
Cuando ocurra algo que consideres positivo, no pases inmediatamente a lo siguiente.
Quédate ahí.
Párate unos instantes.
Obsérvalo.
Siente qué ocurre en tu cuerpo.
Permítete disfrutarlo.
Puede ser algo aparentemente insignificante:
Una conversación agradable.
El sol entrando por la ventana.
Una sensación de calma.
Una persona que te sonríe.
Un trabajo bien hecho.
Un momento de conexión.
Una taza de café disfrutada tranquilamente.
El abrazo de alguien que quieres.
No hace falta que sea algo extraordinario.
Lo importante es no dejar que la experiencia positiva pase de largo.
Quédate con ella durante unos 20 segundos.
¿Por qué unos segundos pueden importar?
Porque cuando prestamos atención repetidamente a una experiencia, estamos favoreciendo que determinadas conexiones neuronales se activen y se refuercen.
La conocida expresión asociada a la ley de Hebb lo resume así:
Las neuronas que se activan juntas tienden a conectarse juntas.
La idea fundamental es que aquello que repetimos mentalmente y aquello a lo que prestamos atención puede contribuir, con el tiempo, a fortalecer determinados patrones neuronales.
Por eso, integrar conscientemente las experiencias positivas puede convertirse en una forma de entrenamiento mental.
No se trata de negar lo negativo.
No se trata de decirnos que todo es maravilloso cuando no lo es.
Y tampoco de caer en un pensamiento positivo artificial.
Se trata de algo mucho más sencillo:
darle a lo bueno el mismo derecho a existir en nuestra conciencia que le damos a lo malo.
Entrenar el cerebro para reconocer lo que ya está ocurriendo
Imagina comenzar el día de esta manera.
Antes de levantarte, encontrar algo por lo que sentir gratitud.
No simplemente pensarlo.
Sentirlo.
Quedarte unos segundos ahí.
Y hacer lo mismo antes de dormir.
Recordar algo bueno que haya sucedido durante el día.
Volver a esa experiencia.
Reconocer qué sentiste.
Dejar que esa sensación ocupe espacio.
Día tras día.
Poco a poco.
Sin exigencia.
Sería algo parecido a hacer pesas con el cerebro.
Cada repetición no cambia tu vida de manera inmediata, pero contribuye a entrenar aquello que quieres fortalecer.
No se trata de buscar una vida sin problemas
Los problemas van a seguir existiendo.
El dolor también.
La incertidumbre forma parte de la vida.
La propuesta no es convertirnos en personas que solo ven lo positivo.
Es conseguir algo más equilibrado:
poder reconocer el peligro sin quedar atrapados en él.
Poder sentir el dolor sin olvidar que también existe el placer.
Poder atravesar una dificultad sin dejar de percibir aquello que sí está funcionando.
Porque quizá el problema no sea que en nuestra vida haya pocas cosas buenas.
Quizá, en ocasiones, nuestro cerebro simplemente no se ha detenido el tiempo suficiente para registrarlas.
Y eso se puede entrenar.
Una pequeña práctica para empezar hoy
Esta noche, antes de dormir, piensa en una sola cosa buena que haya ocurrido hoy.
No tiene que ser importante.
Cierra los ojos.
Vuelve mentalmente a ese momento.
Recuerda lo que viste.
Lo que escuchaste.
Lo que sentiste.
Y durante unos 20 segundos, no hagas nada más.
Simplemente quédate ahí.
Mañana vuelve a hacerlo.
Y pasado mañana también.
Porque quizá cambiar nuestra relación con lo positivo no consista en esperar a que nuestra vida sea diferente.
Quizá empiece por algo mucho más sencillo:
aprender a reconocer profundamente lo bueno que ya está ocurriendo.
Y quién sabe…
Si entrenamos nuestro cerebro para dejar de centrarnos únicamente en lo negativo, y comenzamos a centrarnos en lo positivo, quizá descubramos que aquello que estamos buscando fuera…
ya estaba pasando dentro.
Rubén Jiménez. El Sendero